Parte 2: El niño de los ojos azules
Seis años después, mi vida era muy diferente. Había abierto una pequeña pastelería cerca del centro de Valencia y mi hijo, Lucas, se había convertido en la razón de todas mis sonrisas. Era un niño curioso, inteligente y extremadamente cariñoso. Tenía los mismos ojos azules de Daniel, aunque su sonrisa se parecía mucho a la mía.
Cada mañana me ayudaba a colocar las servilletas sobre las mesas antes de ir al colegio. Los clientes lo adoraban porque siempre encontraba una manera de hacerlos reír.
—Mamá, cuando sea grande voy a comprarte una pastelería enorme —me decía mientras robaba una galleta recién horneada.
Yo respondía que no necesitaba una pastelería más grande. Tenerlo a mi lado era suficiente.
Una tarde de primavera, mientras organizaba los pedidos para una boda, escuché una voz masculina que preguntaba por la dueña del establecimiento. Levanté la mirada y sentí que el corazón se detenía.
Era Daniel.
Llevaba un traje elegante y parecía haber envejecido más de lo que esperaba. Su cabello comenzaba a mostrar algunas canas y había una tristeza extraña en su expresión.
—Clara… No puedo creer que seas tú —murmuró.
Me explicó que estaba en Valencia por una reunión de negocios y que había entrado en la pastelería por casualidad. Hablaba nerviosamente, como si necesitara llenar el silencio entre nosotros.
Antes de que pudiera responderle, Lucas apareció corriendo desde la cocina con un dibujo entre las manos.
—¡Mamá! ¡Mira el castillo que hice para ti!
Daniel dejó de hablar. Sus ojos se clavaron en el rostro del niño y después buscaron los míos. Observó sus mejillas, su cabello y especialmente aquellos ojos azules que eran idénticos a los suyos.
—¿Quién es este niño? —preguntó con la voz temblorosa.
—Mi hijo —respondí con tranquilidad.
Daniel tragó saliva. Miró nuevamente a Lucas y preguntó cuántos años tenía.
—Seis —contesté.
En ese instante comprendió algo que yo había guardado en silencio durante todos aquellos años. Se apoyó en una silla, incapaz de ocultar su sorpresa.